Sí, lo sabemos, “los tiempos cambian que es una barbaridad”, dijo el personaje don Hilarión en la conocida zarzuela, “La verbena de la Paloma”.

Y los cambios siempre cuestan, ya que no suele ser fácil adaptarse a las nuevas formas y medios. Como en todas las etapas de transición, siempre hay detractores y defensores, tanto de lo que queda atrás, como de lo que está por llegar, y todos tienen argumentos muy válidos. Los tiempos avanzan, con sus cambios, y con ellos las personas y su forma de vivir, relacionarse, tipo de ocio, etcétera.

Recuerdo hace ya algunos añitos cuando los Reyes Mayos me trajeron mi primer juego electrónico. No era nada del otro mundo, tan sencillo como un único personaje en pantalla, un portero bajo meta al que le llegaban balones por todas las esquinas. Los puntos en el juego se sumaban en función del número de paradas que tu habilidad te permitiera realizar. Esto lo cuento porque algunas broncas me llevé por pasar demasiado tiempo “enganchado” al susodicho aparato.

Pero ahora todo es diferente, porque los padres de hoy en día son los que proporcionan directamente el ocio a sus hijos. Y no cuando son relativamente jóvenes, sino a una tan temprana edad que asusta a sus abuelos y al psicólogo más tecnológico. Esta generación sabe desbloquear un iPad, un smartphone de última generación, conectarse a YouTube, realizar una búsqueda en Google o descargar aplicaciones con una pasmosa facilidad.

Muchos cambios en tan poco tiempo

A esta realidad hay que sumar que ya no se ven niños solos jugando en la calle o en el parque. Nadie se fía de dejar a su hijo solo porque los peligros son más que evidentes. Siempre verás un niño acompañado de un adulto.

Hasta aquí puede tener su lógica, pero esta se rompe cuando el dichoso tiempo que no tienen los padres se convierte en un problema que afecta a todos los miembros de la familia. Los hijos tienen menos tiempo también para ir al parque a “quemar” toda esa energía que tienen. Entonces es momento de quedarse en casa y los niños pueden resultar molestos porque no “están con una actividad”.

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Cada vez más responsabilidades y menos tiempo libre.

¿Y qué se suele hacer en estos casos? Recurrir a lo más sencillo: Hacer lo que te ha contado tu vecino o tu compañero de trabajo, y acabas comprando una tablet a tus hijos. Además como es un regalo más o menos caro sirve para eliminar ese sentimiento de culpabilidad por no dedicar todo el tiempo que se merecen.

Ese tiempo maravilloso de interrelación entre niños o padres y sus hijos queda en el limbo, se sustituye por una interacción entre máquinas y niños. Y es que es eso precisamente lo que se están perdiendo, gran parte de desarrollo social y emocional, porque no es tanto lo que una tablet ofrece, si el contenido es de mayor o menor calidad (mejor si es de calidad, claro), sino todo lo que deja de ofrecer.

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Y es que hay muchas cosas que el iPad no es capaz de dar a tus hijos: el juego, la calle, correr, caerse, ensuciarse, inventar, aburrirse, crear, enfadarse, reconciliarse, hacer alguna trastada… estos no te lo ofrece ni da una máquina, por muy inteligente que sea, ni la aplicación más innovadora del mercado.

¿Demasiado tiempo delante de una pantalla?

Quizá el punto de equilibrio esté por llegar en una siguiente generación, pero lo cierto es que hoy en día los niños pasan demasiado tiempo delante de una pantalla. Ojo, no todo es negativo, las opciones y posibilidades que se muestran en pantalla hay que saber aprovecharlas. Una aplicación adecuada puede ayudar a tus hijos en los estudios, aprender inglés o realizar una búsqueda inteligente en pocos segundos que antes era impensable.

Pero todo sigue estando en el equilibrio, y mientras no se llegue a ese equilibrio entre “úsalo todo lo que quieras” y “ahora estás castigado y no lo vas a usar más” debe pasar un tiempo que los padres aún no han sabido gestionar.

Ahora llega tu turno y nos gustaría que nos comentaras cuál es tu opinión sobre el uso que hacen los menores de las nuevas tecnologías. ¿Crees que tus hijos dedican demasiado tiempo a los gadgets tecnológicos? ¿Cuál podría ser la solución a este complejo fenómeno? ¿A qué edad deberían los menores empezar a utilizar una tablet o smartphone?